En el principio, Blas de Otero



Análisis

Blas de Otero, comúnmente asociado a la poesía de posguerra española de los años 50, no parte de cero. Al igual que la Generación del 27 respondió a la celebración del centenario de la muerte de Luis de Góngora como adhesivo para toda una plétora de grandes poetas, será otro centenario, el de Garcilaso de la Vega (1936) el que dé el pistoletazo de salida a esta nueva generación poética, aportando un nuevo acento a la poesía amorosa y recuperando la figura del autor clásico dentro del fenómeno histórico.

Su época fue entendida como un perfecto huracán donde sólo se hallaba cómodo el caos, de ahí las continuas menciones a la divinidad como interlocutora de un mundo corrompido pero en el que todavía cabe la esperanza: “Dios me libre de ver lo que está claro”, dice la voz del poeta. Si como se ha dado en clasificar, existieron tres tendencias dentro de esta generación: una religiosa, otra vinculada al desarraigo y la última social, Blas de Otero, como diría Emilio Alarcos, no se decantó por ninguna de ellas y mantuvo siempre una horizontalidad compositiva que fue lo que le hizo convertirse en un autor único dentro de esta corriente de posguerra.

En el principio sirvió de inicio al célebre poemario Pido la paz y la palabra (1951-1954) e ilustra perfectamente la afirmación de Alarcos. Blas de Otero comienza aludiendo a la ausencia de vida y ello le sirve para dejar testimonio escrito de su voz, de la necesidad de la palabra del poeta. Ha sufrido desgracias innombrables, pero sobre todo ha sido el desencanto de la patria (“todo lo que era mío y resultó ser nada”) lo que le mueve a la acción, si bien siempre ha de entenderse como acción poética. Suscribe el famoso verso de Ruben Darío “¿Callaremos ahora para llorar después?” y de este modo introduce la segunda parte del poema, la que apela al silencio mortecino de todos los que presenciaron la horrible contienda bélica y no pudieron alzar su voz: “Mis ojos hablarían si mis labios enmudecieran”.

Por tanto, hallamos en Blas de Otero la sensibilidad ante la dimensión social de la Guerra Civil española, también una especie de lamento colectivo en el que Dios actúa como un referente ineludible del orden, como ecuación final y fidedigna de la paz entre hombres que se han destruido entre sí, y la última, quizás la más importante, el dolor vivo por poder pronunciar palabras donde muchos no poseen ni tan siquiera esa posibilidad: “Debo decir «He visto». Y me lo callo / apretando los ojos”.

La aniquilación se convierte de este modo es uno de los recursos expresivos de la poesía de Blas de Otero sobre el que se levantan los distintos campos semánticos. El ser testigo directo de un acontecimiento que quizás nadie debió contemplar llevó a nuestro poeta a expresarse de manera tan cruda, también tan bella, porque “… segado las sombras … me queda la palabra”.

Por último recordar la musicalización que el cantautor Paco Ibáñez le dedicó en el emotivo concierto del Café Olympia de París en 1969, un referente de la resistencia franquista y una de las voces más comprometidas con la libertad arrebatada, tal como diría el poeta en sus versos finales: “Me cercenaría / las manos. Y mi sangre seguiría / hablando, hablando, hablando”.


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Analizado por Mario Sánchez, en Poemario, publicado en octubre de 2013, visto en https://poemario.org/en-el-principio/ .Gracias por leernos y citarnos :)