La Hora, Juana de Ibarbourou



Análisis

Un nuevo poema que recuerda a los que otros muchos autores han escrito acerca del paso del tiempo, de la fugacidad de la vida y del deseo de vivirla intensamente, de aprovechar cualquier momento mientras se es joven y la belleza sigue intacta.

Juana de Ibarbourou desarrolla esta idea a través de las diferentes estrofas y versos. En la primera indica claramente su intención de buscar el amor, de disfrutar y pide a ese amante que todavía no existe, que la quiera, que la desee. Para ello utiliza a las dalias, cuyo significado tiene que ver con el reconocimiento. Es decir la chica es consciente de sí misma y sabe qué es lo que quiere.

En la siguiente estrofa ya sabe que todavía es joven y desconoce mucho acerca del amor, de su idioma y de sus matices y quiere salir de esa oscuridad que la envuelve y encontrar la luz a través del amor, del deseo. Para ello, continúa en la siguiente estrofa incitando al amante, ofreciendo su cuerpo, su mirada limpia y el tono de su piel como demostración de que no solamente es joven, sino también de su virginidad.

Ella está entrando en su primavera, en el momento álgido de su belleza, en el que todo es color, felicidad, vida y la quiere disfrutar plenamente. Es feliz y la llegada de esa conciencia de estar en la etapa de ser casi una mujer la ha convulsionado, sexualizado.

Es consciente de que la belleza se va, de que la piel poco a poco va perdiendo ese tono, de que si nadie la quiere, perderá cualquier oportunidad de amar. Por eso vuelve a pedir nuevamente que la amen, que la deseen, recurriendo nuevamente a una planta: los nardos.

Esta flor, el nardo, es olorosa y su fragancia impregna como no lo hace ninguna otra flor y, al mismo tiempo, también es difícil de trabajar para los expertos. Es por ello que antes de que se vuelva vieja y sea menos deseable, quiere sentir ese amor. En la última estrofa ese deseo queda mucho más intensificados con la imagen de la enredadera, de esa trampa que la irá deteniendo poco a poco hasta que la devore, hasta su propia muerte. Esta última idea, la de la muerte está implícita metafóricamente en la imagen del ciprés, que es el árbol que crece en los cementerios, ya que sus raíces crecen hacia abajo, con lo que se impide que éstas puedan levantar las tumbas si crecieran a ras de suelo o en horizontal.


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Analizado por Susana Marín, en Poemario, publicado en mayo de 2014, visto en https://poemario.org/hora/ .Gracias por leernos y citarnos :)