Muerte Sin Fin, José Gorostiza



Análisis

En este poema vamos a ver lo que el poeta entiende por fe, el amor a Dios, vivir la religión, el amor y también, y no menos importante, la tentación del diablo y la muerte como una etapa que el hombre tiene que afrontar porque nace para llegar a ella.

El poeta nos habla de un Dios que no se puede coger, tocar y que está envuelto en adornos, en superficialidades que alejan al poeta de su fe. Todo se pierde, todo queda sin sentido. Lo único puro y fresco es el agua. La visión del mar es la visión de lo divino. El blanco de las olas es como las alas de los ángeles y su tez es la propia marea que corre con ansiedad, sin control a la orilla.

El agua tiene forma, la del continente que la guarda, como un vaso. Allí encerrada, observa, se marchita y muere encerrada. El agua cristalina nos refleja, crea colores al incidir la luz en sus gotas y al mismo tiempo, nos da más sed. Dios es ese vaso que contiene el agua fresca, es quien nos da de beber.

Pero ese mismo Dios no se conforma y desea darnos más de lo que tiene. No quiere contener ese agua, ésta fe. El poeta se pregunta si ese vaso es Dios o realmente es nuestra alma llena de Dios. El alma es azul, como el color del cielo. Dios aporta ese aire fresco que sentimos, como la brisa frente al mar, que notamos y saboreamos en los labios.

Esa alma, esa luz celestial, nos llena y también nos hace enfermar y, al mismo tiempo, tira de nosotros cuando sentimos que caemos. Es alma, esa luz, quema cuando sentimos a ese Dios que nos contiene, que nos abraza. Aun así, en ocasiones notamos un vacío que es imposible de llenar.

Nuestro camino vital, en todas las etapas de nuestra vida, busca creer. A medida que crecemos somos más racionales y la fe no es igual, ni se siente de la misma forma. Aun así ésta, el agua fresca, está dormida hasta que vuelve a brotar. La fe ha hecho que se quemen, en momentos de la historia, sus imágenes, que se haya torturado y asesinado. Ha sido perseguida y, sin embargo los creyentes se han mantenido firmes, puros y con más fuerza.

Aunque la enfermedad desfigura al enfermo y puede acabar con su vida, la fe no se resiente y está presente en su despedida, en su entierro. Esta su lado y no lo deja sólo, le da el consuelo y el amor que necesita. El recuerdo y presencia del hijo de Dios, cada día en la misa a través de ella o junto a las imágenes, en las procesiones, para el poeta es una muerte, una y otra vez, de la fe y, al mismo tiempo, es la renovación constante de la misma. Es un ciclo que se abre y cierra de manera circular. La fe también es el deseo de que Cristo vuelva a estar entre los hombres y nos guíe a Dios, nuestra fe, porque estamos perdidos.


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Analizado por Susana Marín, en Poemario, publicado en abril de 2015, visto en https://poemario.org/muerte-sin-fin/ .Gracias por leernos y citarnos :)